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El dulce sabor de la muerte

REDACCIÓN

El dulce sabor de la muerte

Pasar un Día de Muertos sin adornar las tumbas de nuestros seres queridos con el aroma del cempasúchil, sin la música que le da ritmo a la tan anhelada visita de las almas que ya no residen en la tierra, sin el olor del chocolate en el mole y sin el azúcar de las calaveritas, no sería una celebración.

Sí, la muerte es dulce como el sabor de los pequeños cráneos adornados con flores multicolor, esos tan comunes en estas fechas; es esponjosa como el pan recién horneado y decorado con montículos bañados de azúcar, que tiene sus origines en la época prehispánica, alimento que reemplazó ritos de sacrificios humanos y que simboliza el corazón latiente y ensangrentado de una doncella; la muerte sabe también a cacahuates y mandarinas, frutos de la temporada y que no faltan en los altares donde se honra la vida de quien ya pereció.

Sabe a moles encacahuatados, enchilados, enchocolatados y afrutrados; a tamarindo, palanquetas y amaranto, ofrendas que no solo comen los muertos sino que también disfrutan los vivos.

Los higos, calabaza y camotes cristalizados también le dan gustillo a la muerte, esa a la que le tememos pero festejamos, a la que respetamos pero de igual forma nos mofamos.

El tequila, mezcal y pulque agregan ese calor en las gargantas, hierven la sangre y alegran corazones; la muerte sabe también alcohol, sabe a agave fermentado, aguamiel y maguey.

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